lunes, 4 de octubre de 2010

Pitos y Flautas

Que no se diga que no aprovecho el tiempo. Mi París me tiene con un trajín burocrático-artístico de mil pares de narices. De los que desesperan por la mañana y gustan por la noche. En el país de las Rendez-Vous todavía no soy un ciudadano todo lo completo que se debe ser. Y yo aquí tres semanas diciendo que me siento como si llevara toda la vida. Pero nada más lejos. Mis amigos del banco no han tenido constancia hasta este sábado de que vivo aquí, La Poste me dejó por fin el acuso de recibo que tenía que firmar para que BNP PARIBAS se pudiera fiar de mi.

Y menos mal, ahora viene la segunda odisea: que me den mi tarjeta de crédito, mi chequero (porque aquí se paga 'tó' con cheques, hasta los chicles) y mi número de cliente virtual. Necesario para poder hacer todo lo que me de la gana desde mi maravilloso cuarto y que no tenga que estar todas las mañanas molestando en su sucursal, verde y gris.

También tengo que matricularme en mi roja universidad. Lo previsto era que eso pudiéramos hacerlo ya este lunes. Pero no. Aún no han tenido tiempo de hacer los horarios, ni de mandárnoslos. Nos tocará encajar las asignaturas en nuestro planning semanal a base de tetrix porque tenerlas, las tenemos de todos los cursos del License, de todos los tamaños y formas. Teóricas, prácticas, bonitas y feas.

La universidad Vincennes-Saint Denis París VIII, es una universidad distinta. Nació un año después del Mai 68 queriendo serlo, de la mano de Faucoult y compañía. Y en cuestión de docencia no sé aún si lo consiguieron, pero en otras cosas desde luego que sí. Las clases son pequeñas, de “estética soviética”, que diría Mar. La limpieza, escasa; la organización: “¿Qué?”. La cuestión técnica se aleja en mucho del mito positivo que aún reina de: tecnología = calidad/desarrollo/”lo mejón der mundo”. Por no haber no hay ni wi-fi. Eso sí, tiene una biblioteca con casi medio millón de ejemplares. La mayor biblioteca universitaria de Francia, dicen ellos. Es, en cultura, el orgullo de la Banlieu parisina.

Estar en una universidad así te hace ver muchas cosas. Entre otras, que no es oro todo lo que reluce en Internet. En cuanto a movimiento estudiantil, por ejemplo, la cosa pinta más floja de lo que parecía. En cuestión de instalaciones y funcionamiento, ya digo que deja mucho (bastante), que desear. Ya veremos si lo compensan con una calidad excelente en cuanto a generación de conocimiento como pretenden. Yo no es que lo dude, porque no lo puedo dudar. Pero que me permitan ser un poco escéptico. Que ya iba llegando la hora.

Y es que no podía ser todo tan bonito. Mi París tiene que tener sus claroscuros. No significa esto que haya crisis entre mi novia y yo, no. Porque las tardes-noches suelen dejarme aún espacio al asombro y el divertimento. Cuando más me gusta la ciudad es cuando atardece, aunque suene cursi. La noche y el día también son buenos, pero al llegar eso de la 7 y media, de repente se multiplican los colores. Se encienden las luces amarillas que tanto me gustan de los bares de aquí. Lo neones, las farolas, los semáforos, todo mezclado aún con los últimos tonos naranjas naturales.

Normalmente, los agobios administrativos se suelen terminar a las 5 de la tarde. Después, hay muchas cosas. Cervezas cada vez más baratas (ya vamos por 2´5 la pinta), paseos increíbles, visitas contrafácticas a estudios de artistas en Belleville (en eso no defrauda París 8). O también descubrimientos como el Village St Paul, con un taller de violines o una imprenta antigua incluidos, en una tal Rue Charles V del Marais.

Además, grandes eventos para una gran ciudad: manifestación desinfladilla y la Nuit Blanche. La primera, curiosa, quizá mal planificada. La segunda la pasamos muy bien. Programa del Libération en mano, fuimos siguiendo algunas rutas recomendadas para ver espectáculos de luces, alguna performance, danza contemporánea, o Notre Dame fantasmagóricamente bonita. Croissants gratis y también cosas chungas: vídeos de caballos mongoles que pretendían ser una alegoría de “lo salvaje y lo vivo”, pero se quedaban en eso, en caballos mongoles.

Consecuencia de todo esto: domingo hogareño. Nos ha sorprendido un día nublado y caluroso, de los del “qué bochonno, colega”, pero el literal, no el mío. La lavandería, la ropa tendida por todo el piso y el rissotto improvisado para cenar. Me encanta poder cocinar lo que yo quiera. Y como me de la gana. Me encanta también que halaguen mis creaciones culinarias. Porque mis compis  se creían que iban a vivir con un niñato de pizza precocinada en el microondas. Vamos, “sin yo ser nada de eso”.

4 comentarios:

  1. Veo que te lo estás pasando bien al fin y al cabo, me alegro un montón :)

    Bisous, guapetón!

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  2. Cocinar es de lo mejor que tiene la independencia. Ya irás contando como va esa facultad, y aprovecha ese gran fondo de biblioteca! Y sigue disfrutando de la noche parisina. :)

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  3. Imposible!! Una facultad más roja y desorganizada que la nuestra?? Me alegro de que estés descubriendo tantas cosas nuevas, sorprendentes e inexistentes en Sevilla.

    PD: Es Bretodo* no Bredoto (Michel*...)

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